martes, 2 de septiembre de 2008

Desaparecidos

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Foto de la exposición Los Desaparecidos, en Antigua Guatemala

Hace unas semanas apunté en borradores del blog algunas ideas sobre la justicia internacional y sobre cómo particularmente la española se había convertido en un acicate de ex-dictadores y ex-torturadores (por ejemplo en el caso de Guatemala) pero hacía la vista gorda en casa, donde se estiman unos 30.000 desaparecidos de la Guerra Civil y el franquismo, muchos de ellos enterrados en cunetas.
Fue a raíz de ver a Garzón en una tele latina visitando en Colombia junto a otros jueces y fiscales extranjeros y locales fosas comunes de matanzas a cargo de paramilitares, objeto de investigación de la Corte Penal Internacional en el caso de que la colombiana se quedara de brazos cruzados.
Parece que ahora a este mismo juez, después de ver lo que ha visto fuera de casa, le ha dado por investigar algo que, en mi opinión, debiera haberse hecho hace décadas y que debe acabar con la impunidad, al igual que en otros países, de crímenes de lesa humanidad.
Escolar lo cuenta mejor que yo:
Desaparecidos. Fosas comunes. Torturas. Fusilados. Las palabras evocan el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla. Duele reflejarse en ellas. Cuesta pensar en España como un país que esconde en las cunetas de sus carreteras los huesos de 30.000 desaparecidos, tal vez más.
La paja en el ojo ajeno. Desde que el Tribunal Constitucional determinó en el 2005 que los tribunales españoles pueden juzgar casos de genocidio y crímenes contra la humanidad, España se ha convertido en la corte internacional más diligente en la defensa de los derechos humanos. La Audiencia Nacional investiga los abusos de las tiranías en China, Guatemala, Ruanda, Argentina o Chile. Cuanto más lejos, más grande es el milagro. La Audiencia Nacional se atreve con todo, menos con los crímenes de los llamados “nacionales”. Asusta más un Franco muerto que un Pinochet vivo.

Un aplauso para Baltasar Garzón, pues ya era hora. Aunque el paso dado llegue tan tarde y sea aún tan escaso. De momento, el juez se limitará a elaborar el censo pendiente del genocidio, desde el golpe de estado hasta la muerte del dictador. Sólo será la dolorosa lista de crímenes, no el castigo para los criminales. Tantos años después, y ni siquiera hemos limpiado esa mínima mugre. Tantos años después, y ni siquiera sabemos los nombres de las víctimas, de los desaparecidos.
Algunos dirán que para qué remover el pasado. Por qué no pasar página. El drama es que no hablamos de pasado, sino de presente. Los muertos aún están ahí, en las cunetas. Sus familias aún están ahí, en los juzgados. Tras treinta años de amnesia democrática, tras tres décadas de su sacrosanta transición (sin pecado concebida), la memoria se pudre. Como se pudre la sociedad que permite que una viuda no pueda enterrar a su marido.

3 comentarios:

miquelet dijo...

Justo ahora acabo de publicar un artículo en mi blog que habla sobre eso. Y es que muchos de los poderosos tienen miedo de que se rebusque en la memoria, no sea que les salpique algo desagradable.

Salud.

Iza dijo...

Gracias por hacer la(s) cita(s) visible(s).
Y gracias por escribir, claro.

agnóstico apático dijo...

las reacciones que estoy leyendo, al menos por parte de los peperos, son previsibles. Pero la justicia no puede depender del interes de unos cuantos es tapar sus vergüenzas. Desde luego si hay que destaparlas se destapen todas pero que no se queden familias con la eterna duda de dónde y cómo murío un ser querido cuando es posible resolverlo. Fundamentalmente eso.

iza... no lo hice a propósito. Gracias por venir...