lunes, 21 de junio de 2010

Muerte a la pena de muerte



Ronnie Lee Gardner fue ejecutado el viernes en la prisión estatal de Utah por el asesinato de dos personas en 1984 y 1985. Gardner eligió ser fusilado antes de que en 2004 esa forma de ejecución fuera sustituida en Utah por la inyección letal, como en el resto de EEUU. Fue el primer fusilamiento en los últimos 14 años.
El reo fue sujetado a una silla de madera. Sobre el pecho llevaba adherido un cuadrado blanco para indicar a los tiradores la posición exacta del corazón. Cinco policías abrieron fuego con rifles Winchester del calibre 30 (uno de ellos llevaba cargada una bala de cera). Estaban situados detrás de una mampara a algo más de siete metros de distancia. Los cuatro disparos causaron la muerte de Gardner de forma instantánea.
Resulta irónico que todos los estados norteamericanos en los que la pena de muerte es el castigo definitivo rechazaran hace tiempo la alternativa del fusilamiento. Hay un convencimiento general de que se trata de una forma bárbara y cruel de aplicar la pena de muerte, a pesar de que la inyección letal ha demostrado en varias ocasiones que no es un método completamente indoloro de matar.
El problema del fusilamiento es que es cruel para los espectadores, que somos todos, no para los condenados. La inyección es un instrumento limpio, quirúrgico y supuestamente civilizado. Permite obviar el hecho de que un hombre es asesinado a manos del Estado. En nombre de la justicia, nada menos.
Las víctimas de Gardner, un camarero y un abogado, fueron asesinadas a tiros. Con la ejecución, ha ocurrido lo mismo. Esa es una molesta coincidencia que en EEUU han intentado evitar.

El fusilamiento (Íñigo Sáenz de Ugarte en Guerra Eterna)

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