martes, 25 de agosto de 2009

Viaje a Palestina. Día 0. De Barajas a Ben-Gurión.

Supongo que en el avión que me transportó al aeropuerto de Ben-Gurión junto a un par de compañeros, uno de los cuales no quise conocer (ni él a mí) hasta pasar todos los controles, habría bastantes personas que en algún momento de sus vidas optaron por esta irresistible oferta. Muchos acentos argentinos salían de entre esos sombreros y esas barbas, debajo de esos pañuelos que ocultaban rasuradas cabelleras femeninas. Imagino que bastantes de ellos y de ellas habitaban en algunos de los cientos de asentamientos en los Territorios Ocupados que para existir necesitan desafíar las normas internacionales, confiscar pozos, olivares y rodear ciudades habitadas por esos molestos árabes, casi todos terroristas. ¿Por qué tendrián que estar ahí?.

Es todo un chollo. Si en alguna de las ramas de tu árbol genealógico tienes madera hebrea y estás jodido con el trabajo, con problemas para pagar la hipoteca o asfixiado por los impuestos tienes tu tabla de salvación en la única democracia de Oriente Medio, en el próspero hogar de los judíos. Déjate acoger por Eretz Israel. El Ministerio de Absorción e Inmigración publica anuncios en la revista del avión, entre otros sitios, para seguir fomentando la inmigración étnico-religiosa y expandiendo el territorio israelí. Además, desde la construcción del muro, la barata mano de obra palestina ha dejado de utilizarse mayoritariamente en las empresas siendo sustituida por la etíope, rusa, latinoamericana… Judía, eso sí.

En el asiento tras de mí hay uno de estos ultraortodoxos de habla hispana que es preguntado por el azafato.

- ¿Vd. ha pedido kosher, verdad?.
- Sí.
- ¿Desea la comida caliente o fría?
- Caliente.
- Para calentarla he de quitarle la tapa. ¿Lo desea así?
- No, no le quite la tapa.
- Entonces, señor, no se la podré calentar.
- ¿No puede calentarla con tapa? - en todo momento con tono seco y soberbio.
- No señor, explotaría dentro del microondas.
- Entonces tráigala fría.
- Bien, gracias.

He de reconocer que me encontraba algo nervioso por lo que me podía esperar en el aeropuerto. Me habían advertido de que podía ser interrogado, aunque a la vuelta esta posibilidad se convertiría en certeza. Intenté calmar los nervios con la lectura de “La soledad de los números primos” que me mantuvo abstraído hasta el aterrizaje, exceptuando los momentos en que se generaban broncas por parte de algunos pasajeros a causa de la supuesta incompetencia de una de las azafatas. El ambiente hostil alimentaba mis prejuicios, no tan paranoicos, sobre la sociedad israelí. Aunque he de reconocer que me sorprendió la ternura con que uno de los jaredíes trataba a su pequeño bebé, cuando no estaba al fondo del avión rezando.

Cuando el carrito con la comida se hallaba varias filas detrás de la mía y el ultraortodoxo ubicado tras mi nuca consiguió abrir la tapa de su kosher, pidió al azafato que se lo calentara.

- Ahora es imposible, señor. Tiene que esperarse a que terminemos de repartir.

Protegidos por el cinturón de seguridad desde que sobrevolamos espacio aéreo israelí, aterrizamos sin mayor complicación y al salir de la cabina, aún dentro del pasillo que nos conducía al edificio del aeropuerto, fui interceptado por una atractiva señorita que quiso conocer el propósito de mi viaje, qué libros tenía en la mochila, si había reservado hotel, qué ciudades exactamente iba a conocer, si lo haría sólo y tenía amigos o familiares en su país. Superada la prueba me dio un papelito que uní al pasaporte. Tenga una buena estancia – me dijo. Aún me tocaría ser interrogado por otras dos personas. Un joven aparentemente novato en esto de escudriñar las intenciones de los viajeros, que consultó a una superior algunos detalles de mis respuestas, y una militar con cara de pocos amigos que ni siquiera respondió a mi saludo inicial.

Al llegar junto al resto de mis compañeros no sabía si dirigirles la palabra o no. Según me habían dicho ya estaba fuera de riesgo pero el encogido estómago y la sospecha de que me estaban siguiendo por el circuito cerrado de televisión, hizo que me comportara de forma un poco estúpida con ellos. Me sentía como un delincuente, como si estuviera haciendo algo inmoral y vergonzante y no respiré aliviado hasta que nuestro chófer árabe-israelí arrancó su reluciente minibús camino de la ciudad de Belén, Bethlehem durante las siguientes doce jornadas que pasaríamos por la ocupadas tierras de Cisjordania y los Altos del Golán en Siria.

6 comentarios:

David, el fantástico dijo...

Buenas, ya veo que te has animado a empezar el diario. ¡Muy bien! Yo lo pasé un pelín regular a la entrada, la verdad, de hecho era lo que más preguntaba. Pero ahora con el tiempo lo relativizaría para la gente que quiera ir, sobre todo con lo que nos decían en Sodepaz. Nuestro motivo de entrada era muy justo y no teníamos que tener ningún temor.

¡A seguir con el relato!

miquelet dijo...

¿Puede ser soportable tal grado de paranoia colectiva durante muchos años?

Salud

Iza dijo...

más, más, más...
comiendo las palabras, amigo

agnóstico apático dijo...

David, así es. Quizás no lo he relativizado lo suficiente y puede generar temor cuando realmente es un trámite mucho más sencillo del que pasan miles de palestinos a diario. Sigo tu magnífico relato con devoción. Hasta pronto.

miquelet, evidentemente sí. A los hechos me remito.

iza, ya me está esperando en C. Real el diario. A partir del lunes prosigue la historia.

Carol dijo...

La verdad es que me alegro mucho de que estes en la rutinaria y monotona España otra vez... por aqui nos hemos asustado mucho pensando justamente en toda esa panda de paranoicos armados que recorren esos lares...

Bienvenido :)

agnóstico apático dijo...

Pues yo me alegro también de volver, pero más de haberlo vivido. Bienhallada Carol.